Sobre la serie Jazz de Ken Burns

A raíz del estreno de la serie Jazz de Ken Burns en un sistema de cable argentino, el antropólogo Alejandro Frigerio atento siempre a cuanto movimiento se produzca en torno a culturas negras y temas raciales, recomendó el documental en su blog Afroamericanas reproduciendo el artículo “La música de las raíces negras“.

Como esa nota tiene a mi entender algunos puntos cuestionables, sugerí en el blog de Frigerio la lectura de la que se publicó en el Suplemento Radar de Página 12 firmada por Diego Fischerman, bastante más sustanciosa e interesante.

Y, como para no desaprovechar la oportunidad, agregué mi propia opinión que es la que sigue:

En la nota que salió en Radar Diego Fischerman plantea con justeza que uno de los grandes problemas de la serie es que las “abundantes comparaciones del tipo “Ellington es nuestro Mozart”, más que dar legitimidad propia al jazz ponen en evidencia precisamente lo contrario: la necesidad de encontrar una legitimación externa”. Esto ya fue señalado por varios autores y es una discusión que sigue vigente y que se relaciona con cuestiones del tipo qué tan norteamericano es el jazz: “el jazz es el gran aporte norteamericano al arte”, o “el Jazz sucedió en América, y sólo podría haber sucedido aquí” (James Collier).
Como señala E. Taylor Atkins, estas afirmaciones soslayan otros fenómenos que tienen que ver con “la expansión de fronteras, el colonialismo, la esclavitud, la inmigración, la industrialización, y la hibridación cultural”. Esto tiene mucha tela para cortar pero quería llegar al otro punto que ese discurso nacionalista del jazz deja afuera, y que intelectuales negros como Amiri Baraka ya en la década del sesenta sostuvieron: que la música de jazz no podría haber existido autónomamente de las políticas raciales y de clase en los Estados Unidos. Si, en tal caso, el jazz es norteamericano, lo es también pero principalmente por su historia de racismo y esclavitud.
En la nota de Radar Fischerman hace mención a ésto pero lo desdeña como si se tratara de un argumento fácil, en cuanto a que el “africanismo” del jazz es la otra cara de la americanidad, ambas partes de un supuesto mismo mito. Sin embargo la anécdota que relata sobre la controversia en torno a si Armstrong pudo o no haber sido hijo de esclavizados pone la cuestión en su completa relevancia.
El jazz debió ser mediado por la industria cultural para norteamericanizarse, pero además de traer consigo todas las gramáticas culturales africanas lleva impresa en sí mismo la historia de las relaciones raciales en los Estados Unidos, mal que les pese a los que sólo ven al jazz como una música sofisticada (que lo es, pero no en su sentido glamoroso) o cool.
El documental apunta a reforzar una narrativa sobre el jazz, que por supuesto no es la única porque hay académicas, y hay la de los militantes negros. Wynton Marsalis juega un papel crucial en ésto, no sólo desde el punto de vista discursivo sino también desde el artístico, rescatando a algunos referentes y descartando otros. Esta es una de las cosas que hace el documental, demasiado hincapié en artistas que son clave pero no los únicos, porque falta un mejor desarrollo por ejemplo de la década del sesenta, Miles, Coltrane, etc. Burns elige qué mostrar, y en Estados Unidos fue muy criticado. Creo que es un ejemplo más de cómo lo que ni siquiera es dominante en los Estados Unidos nos llega acá como lo único, porque es lo que construye la industria cultural.
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